OTRA JUNGLA EN EL PAISAJE CUBANO
Los desbordamientos de Kcho


Las proposiciones visuales de Kcho adquieren sentido a partir de la controvertida encrucijada en que queda atrapado el arte cubano a finales de los 80. Su obra se destaca por una vertiginosa madurez iconográfica, así como por una versatilidad innata para condensar de modo peculiar las circunstancias individuales con un legado histórico y sociocultural de gran repercusión en Cuba, en el área del Caribe y mucho más allá de estos contextos específicos.

Una de las cualidades que más sorprende en él es la fluidez con que logra articular todo su lenguaje en un desbordamiento constante de soportes, técnicas y disciplinas. A mediados de los 90 ya era notorio en el mundo del arte como artífice de esculturas, objetos e instalaciones de gran despliegue espacial y de un irresistible atractivo visual y simbólico. Después demostró que también podía manejar a su antojo el papel o la tela, el carboncillo o el pigmento y retomó el dibujo con mayores pretensiones. Finalmente, en julio del 2001, una exposición en el Taller Experimental de Gráfica de La Habana reveló el resultado de tres años de infatigables tanteos por la aventura del grabado, con su primer conjunto de litografías, una tradición local de cierto arraigo en el país desde el siglo XIX.

Una febril creatividad invade el proceder cotidiano de Kcho, quien refleja la impronta de un ser sometido a los vaivenes de habitar en una isla. Él acuñó una poética del deterioro y el reciclaje, donde un universo de remos, olas, botes, balsas, regatas, velas, columnas infinitas, embarcaderos y propelas, de iconos consubstanciales al viaje, son la única evidencia de lo humano.

Hace menos de un año la dinámica propositiva de Kcho tomó un nuevo giro con La jungla, un tributo artístico muy personal por los cien años del natalicio de Wifredo Lam, pintor emblemático del modernismo de este lado del Atlántico.

Haciendo uso de un poder aleatorio, de la aptitud para combinar artefactos y objetos culturales de muy diversa procedencia y origen en una nueva sintaxis, "recicla" dos expedientes hasta cierto punto incompatibles de la historia del arte, en un acoplamiento inédito y explosivo de un artista de la vanguardia rusa como Vladimir Tatlin con un precursor del modernismo cubano, "tropical", como es Lam.

La jungla de Lam pintada en 1943 y el Monumento a la Tercera Internacional, concebido en 1920 por Tatlin, son los dos intertextos configuradores de esta nueva e insólita jungla realizada con el sello muy típico de Kcho. La combinación podría entenderse como otro intento de anagnórisis con lo local.

Durante el proceso, Kcho concibió primero infinidad de dibujos que, en su caso, son "el soporte de la idea", forman parte de una rigurosa disciplina de trabajo. Siempre ha sido así, ha dibujado mucho. A veces estos dibujos dejan visibles las impurezas propias de los cuadernos de apuntes, de una grafía aparentemente subordinada al boceto sin llegar a serlo. Con el tiempo, estos ejercicios se han vuelto más complejos y sofisticados. Progresivamente, estas imágenes asumieron una gran autonomía, como Pollock, de Kooning, Franz Kline o Sol Lewitt confiaron en las potencialidades ilimitadas de un dibujo ajeno a las restricciones de lo preliminar.

Kcho explora con pasión esa libertad sobre pequeños, medianos y grandes formatos bidimensionales, en una obra paralela, como los dibujos anticipatorios de Richard Deacon, que es proyectual y a la vez independiente. En la serie de La jungla, una constelación de espirales aisladas o en conjuntos invade cada una de las superficies. Ahora las expande al campo del grabado. Pero, como ya se ha dicho, no se observa mucha diferencia entre el dibujo y la impresión, al punto de poder hablar de grabados dibujados, o de dibujos grabados, por los bordes difusos entre una y otra manifestación.

Las espirales están regidas por una economía de recursos proverbial, disuelven la materialidad contundente en la sencillez constante de los trazos simples, en la representación de la unidad estructural básica de las imágenes y en la monocromía; constituyen entidades trascendentes tan impactantes como el universo alucinante de sus enormes construcciones.

Estos tanteos desembocaron en una muestra de dibujos y una gran instalación conformada por decenas de torres en júcaro y marabú, maderas abundantes en la isla, que mostró primero en noviembre del 2001 en el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana y después viajó en febrero de este año a Italia.

La obra de Kcho no está exenta de cierta ambigüedad. La espiral es una metáfora asociada a la ilusión de crecimiento, o puede ser todo lo contrario. El conjunto de espirales truncas se desmarca aquí del canon de Tatlin, apunta hacia los intersticios de un progreso malogrado, hacia el compás de espera de un avance secularmente postergado que sitúa en una posición difícil al arquetipo ruso. En cierto sentido, desarticula el modelo inverosímil de progreso amparado en la temporalidad unilineal de la Razón Moderna, buscando un espacio intermedio más allá de los resortes engañosos de esa pretendida racionalidad. Ese espacio cultural intermedio lo encuentra en el paisaje cubano, un paisaje que no le es ajeno. En la ecuación sobresale una vez más la "manigua", un punto de partida que antaño interesó la obra de Lam y que ahora reasume Kcho como una metáfora de crecimiento y orden cultural diferente, lo que puede traducirse en que es preferible arar con nuestros propios bueyes.

Al escudriñar dentro de una producción tan vasta, Kcho desborda siempre toda expectativa con un acento desgarrador, exento de inocencia. Como el Lam de los años 40, que quería pintar el drama de un país, Kcho ronda incesantemente los sortilegios desestabilizadores de la vida, de un modo u otro connota en nuestros días la convulsión del hombre en su existir con el mar y con la tierra.


José Manuel Noceda Fernández