Los Fantasmas de José Luis Cuevas en La Habana

Los Fantasmas de José Luis Cuevas en La Habana.
Por Claudia Gómez haro

El pasado 13 de octubre, en el Palacio de Lombillo, en La Habana Vieja, se presentó la exposición Fantasmas del Centro Histórico de José Luis Cuevas, integrada por una serie de cinco xilografías dedicadas al Centro Histórico de la ciudad de México.

La carpeta fue realizada por el editor Ramón Carballo y trabajada en el taller de gráfica La Siempre Habana del artista cubano Luis Miguel Valdés, radicado en el Distrito Federal, y consta de cinco grabados realizados en madera de teca, a la fibra, de 36 X 27 cm e impresos sobre papel guarro de 250 g, contenidos en una bella caja de caoba con un sello de plata diseñado por el propio artista y un texto de Germaine Gómez Haro.

Las obras fueron expuestas en la planta baja de la hermosa casona colonial, actual sede del Historiador de la Ciudad de la Habana, quien tuvo a su cargo las palabras de bienvenida a Cuevas, ”uno de los más grandes y celebrados artistas vivientes de México”, expresó Eusebio Leal.

Durante la ceremonia de inauguración, José Luis Cuevas comentó que su presencia en la Perla del Caribe significaba un rencuentro con Cuba, con su cultura y su pueblo, del cual siempre se ha sentido parte, pues su abuela materna nació en Sagua la Grande, que por sus venas, por tanto, corre sangre cubana.

Tras manifestar su ”extraordinaria emoción” por conocer la obra de restauración del Centro Histórico de La Habana Vieja, que considera ”algo verdaderamente increíble y ejemplar”, Cuevas anunció que regresará pronto a la capital de la isla para exponer en el Museo Nacional de Bellas Artes.

Un abundante grupo de artistas cubanos estuvo presente en la velada, que contó con la presencia, entre otros personajes, de Roberta Lajous, embajadora de México en Cuba; del presidente de la Academia Cubana de la Lengua, Lisandro Otero; del presidente del Consejo Nacional de las Artes Plásticas, Rafael Acosta de Arriba, y del presidente de la Casa de las Américas, Roberto Fernández Retamar.


Entre los amigos que acompañaron a Cuevas esa noche estuvieron los artistas Roberto Fabelo, Nelson Domínguez, Montoto, Moisés Finalé, Eduardo Roca Choco y, de México, Jesús Almada Elías Calles, Marta González Ortega, Patricia Martínez Cashó y Germaine Gómez Haro, quien como autora del texto, comentó que Los fantasmas del Centro Histórico son José Luis Cuevas, somos nosotros todos”.

De las actividades que se organizaron para el pintor mexicano, estuvo una visita al Museo Nacional de Bellas Artes, donde Cuevas habló de su admiración por el arte cubano contemporáneo y de su amistad con Víctor Manuel, Fidelio Ponce y Carlos Enríquez, representantes del movimiento vanguardista de la isla.


Rememoró que en 1956, cuando apenas tenía 12 años, expuso en el Palacio de Bellas Artes de la Habana y recordó al escritor Alejo Carpentier, a quien conoció en Caracas y realizó dos reseñas sobre su obra, que todavía conserva.

Roberto Fabelo, recién galardonado con el Premio Nacional de las Artes, y su esposa Suyu ofrecieron una comida en su estudio de Miramar, donde José Luis Cuevas degustó una exquisita y variada comida cubana, así como de frescos mojitos. No podía faltar la boda del pintor con su bella esposa bajo el rito yoruba en casa del pintor afrocubano Manuel Mendive. Los tambores y los cantos africanos, en ese entorno paradisiaco, sellaron por novena ocasión el lazo amoroso entre José Luis y Carmen Beatriz, pero esta vez en la bella isla caribeña.

 

 

Para concluir el recorrido de Cuevas por La Habana, cito la primera parte del texto que Germaine Gómez Haro escribió para la carpeta: ”Los fantasmas del Centro Histórico son testigos callados del devenir de una historia de casi siete siglos. Estaban ahí cuando en 1325 se posó el águila sobre el mítico nopal. Vivían ahí cuando se apilaron los primeros sillares de tezontle y se recubrieron de cal y cinabrio. Siempre han estado ahí. Siempre han mirado en silencio nuestras vidas y habitado nuestros pasos. En el callejón del Triunfo José Luis Cuevas los percibió por primera vez en 1934. Con ellos recorrió el callejón del Organo y Cuauhtemoctzin en el despertar de su sexualidad. Juntos se instalaron en el convento de Santa Inés y dieron forma a los sueños acariciados. La Giganta de bronce observa y sonríe.

Así, los fantasmas del pintor mexicano deambularon por las plazas y callejuelas de la antigua ciudad, pero en esta ocasión de La Habana, con un paso solemne y ancestral.

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